Riópar: Del altiplano a las Fábricas de San Juan

No es extraordinario, si repasamos la historia de los pueblos de nuestra provincia, el hecho de que el emplazamiento actual del núcleo urbano de Riópar difiera en unos pocos kilómetros con el emplazamiento que la localidad ocupaba en épocas anteriores, sobre todo en la prehistoria.
Lo llamativo del caso de Riopar es que el emplazamiento que hoy conocemos como Riópar viejo, que tuvo bastante importancia hasta los años finales de la Edad Media, quedó paulatinamente deshabitado en el siglo XVIII; teniendo su origen el actual emplazamiento de Riópar, y a la vez la principal causa de despoblamiento de Riópar viejo, el proyecto colonizador llevado a cabo por la autoridades nacionales, con Carlos III, llamado el Político, a la cabeza, en el siglo XVIII, dentro del cual se integra la creación de las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz.
Riópar viejo
Aunque hay indicios de presencia humana en el yacimiento neolítico de La Marija, al pie de Riópar Viejo, parece que el origen del asentamiento en la altiplanicie data de época romana, el Imperio hubo de fortalecer la zona con una pequeña muralla que, una vez caído el territorio peninsular en manos de los bárbaros del norte, debió ser reconstruida por visigodos y árabes.
En los años finales de dominio árabe de la península, entre los tres reinos de taifas y los imperios Almohade y Almorávide, prolifera la construcción de fortalezas y, como en otras tantas poblaciones de la zona, en Riópar los musulmanes construyeron un castillo, del que aún quedan restos en Riópar viejo.
En el contexto de la reconquista cristiana, y con la importante plaza de las Navas de Tolosa, conseguida en la batalla homónima de 1212, Alfonso VIII toma, en 1213, Riópar para la cristiandad.
Tras unos años como emplazamiento independiente, en 1256, como parte de la reordenación del territorio que llevó a cavo Alfonso X, llamado el Sabio, Riópar pasa a depender, como casi todos los municipios de la sierra albaceteña, de la vecina Alcaraz.
En los años finales de la Edad Media, entorno al siglo XV, Riópar es escenario de las disputas de poder entre los señores y marqueses castellanos; es célebre el enfrentamiento entre el marqués de Villena y los señores de Manrique (a los que perteneció Jorge, el ilustre escritor) y que fueron los titulares del condado de Paredes de Nava, bajo el cual la población disfrutó de años de independencia respecto a Alcaraz.
El recuerdo del pueblo a esta época lo encontramos en el escudo heráldico municipal, en el que aparecen dos calderas con asas de sierpes, elemento característico del heráldico de los condes de Paredes; además de la rueda hidráulica, el castillo y los blasones de Castilla y León elementos definitorios de la historia riopense.
En el siglo XV se construye la iglesia del Espíritu Santo, que con la despoblación quedaría en desuso hasta que en los últimos años, junto con parte del casco urbano de Riópar viejo, ha sido recuperado por los vecinos.
En los primeros años del siglo XVIII, antes de la llegada de las fábricas, en 1773, Riópar, aún bajo el mando de los condes de Paredes, había comenzado a ser pasto de la despoblación, contaba con unos sesenta vecinos, lejos de los trescientos con que, según las crónicas de la época, había contado en un tiempo no muy lejano; la ocupación mayoritaria en el pueblo era el campo y apenas se contaba en la localidad con la presencia de un cirujano, un maestro, un sacristán o un molinero.
Historia moderna
En este contexto, y ajeno a la historia aquí relatada, Hans Georg Graupner, un ingeniero austriaco, maquinista hidráulico y constructor de bombas de agua para los bomberos, fue contratado por el Ayuntamiento de Madrid para el puesto de maestro bombero. Su misión consistía en la reparación y mejora de las siete bombas de mano con las que contaba el cuerpo antiincendios madrileño.
Durante los primeros años modificó los depósitos de madera y los fabricó de latón para que fueran de mayor duración y evitar las fugas de agua por estar la madera podrida. Para seguir restaurando y fabricar nuevas bombas, Graupner necesitaba gran cantidad de latón, por lo que investigó y descubrió de la existencia de unas minas de calamina (la mena de la que se extrae el cinc que, al mezclarse con el cobre, produce el latón) en un paraje escondido entre montañas agrestes con una vegetación exuberante, lejos de todas las rutas de comunicación y lejos de toda la industrialización nacional, la sierra de Alcaraz, cerca, además, de una importante fuente de agua.
Se trasladó para reconocer dichas minas el 3 de julio de 1771 y de regreso a Madrid presentó y expuso el proyecto para “la construcción de unas fabricas de latón y cinc para extraer la materia prima necesaria para la construcción de bombas y otros utensilios”.
El 19 de febrero de 1773, por Real Cédula concedida por Carlos III, eran creadas las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz, convirtiéndose en las primeras de España y las segundas del mundo, solo existían las de Goslar, en Hannover; de las que sería director el propio Hans Georg o Juan Jorge Graupner, en lo que fue el resurgimiento de la metalurgia española. El rentable trabajo ofrecido por las fábricas, muy cercanas a Riópar viejo, comenzó a atraer pobladores, repercutiendo en la población de origen romano. Alrededor de las fábricas se creó un emplazamiento moderno y a los pocos años, Riópar quedó prácticamente despoblado y sus habitantes trasladaron al nuevo emplazamiento, a la sombra de la prosperidad de las fábricas, hasta el nombre de la población, pasando por el Ayuntamiento o la parroquia.
Durante mucho tiempo Riópar viejo quedó poblado por apenas unas veinte personas, el castillo fue convertido en un pintoresco cementerio y el estado de todos los restos ancestrales de la zona era ruinoso. En las últimas décadas se ha revertido esta situación mediante iniciativas vecinales, el interés de historiadores y sobre todo, gracias la posibilidad de una explotación turística rural por parte del consistorio local. La falta de inversión en innovación, la proliferación de otras instalaciones similares y la reducción en el uso de latón y de cobre hicieron que, a finales del siglo XIX, las fábricas dejaran de ser rentables, tras unos años en que se intentó, mediante iniciativas privadas, mantener la explotación, el origen del actual emplazamiento de Riópar cerró definitivamente en 1993.
Actualmente, las fábricas albergan un museo y la oficina de turismo local, que, sumado al reconstruido Riópar viejo y al entorno natural privilegiado de la localidad, conforman la atractiva oferta turística riopense, nueva base de la economía local.













